lunes, 7 de noviembre de 2011
Palimpsesto (José Carlos Llop)
Hay un amor para el placer y la aventura
y un amor avergonzado, como el regreso a casa.
Y luego está el amor que sobrevive
a las decepciones del tiempo
y se mantiene en la deriva de los océanos,
las constelaciones, los cuerpos y las islas.
Sin futuro, que es pasado, ni mañana, que es ayer.
Poema: José Carlos Llop. "Cuando acaba septiembre", 2011
Fotografía: Cartel de "No amarás" (Krótki film o milosci -A Short Film About Love-), Krzysztof Kieslowski, 1988
domingo, 11 de septiembre de 2011
Septiembre (José Carlos Llop)
pero carece de vigor. No hay más Gaugin:
regresa la vieja Europa -ayer, Tiépolo; hoy, Turner-
al ponerse el sol. Los peces de plata saltan
sobre el agua gris y en calma. Un cormorán
vigila a los bañistas, emulando el periscopio
del submarino. Las mujeres toman el sol
con los pechos desnudos y en el mar no hay sirenas,
nunca las hubo. Aquí, las sirenas están en el corazón
de la tierra: son un imán invisible y no dicen ven,
sino quédate. Todos somos marinos de Ulises,
pero no lo sabemos. Cuando acaba septiembre
nos visitan los delfines -lentos, majestuosos-
como los reyes magos del verano que muere.
Quien nunca los vio desconoce la esperanza
de una vida donde ser mejores sin salir de casa.
lunes, 22 de agosto de 2011
La playa de las mujeres (José Carlos Llop)
Algunas mujeres se desnudan frente al mar
si no conocen a nadie y nadie las conoce.
Se trata del sol y el mar, aunque es cierto
que también se saben observadas,
y se establece un juego, una complicidad
pasiva que no sería la misma
de sentirse conocidas. Aquí el agua
es un símbolo del eterno femenino
y un refugio de sus paradojas.
Las mujeres se entregan a quien no conocen
y luego regresan tranquilamente a sus casas.
El lenguaje de su deseo es éste
y está bordado en la cenefa de los manteles:
el amor del hombre de paso, del viajero
a punto de marcharse. Y el adiós
sin compromiso. Así se repite el ciclo
de civilización y naturaleza. Ellas
tienen los útiles –vasija, telar o azada–
y saben cuidar la tierra y extraer sus frutos.
Ellas fundan como se ponen un vestido.
Ellos sólo poseen la oscura lengua del cazador
y sus viejas tretas; las mujeres prescinden
de eso y los aman con ojos húmedos
mientras celebran el alfabeto de los cuerpos
como quien desvía el curso del riego
en las acequias del huerto.
Sin que el viajero, el hombre de paso,
el nómada, pueda entender nada,
salvo saberse un instrumento más,
como la vasija, el telar o la azada.
Un instrumento de su magia, que es la vida,
a la que ellas, de repente, se regalan.
Y luego regresan tranquilamente a sus casas.
Donde los amigos, los padres, los maridos.
Los estables.
En la foto Marianne Faithfull
